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Liturgia de los Cuerpos

Liturgia de los Cuerpos

Mi reencuentro con Ainhoa
Su nombre significa: “la tierra fértil” en vasco.

Regresé después de días de un largo viaje, y ahí estábamos finalmente, el ansiado momento había llegado.

El vapor de su piel empañó los vidrios de la cabaña, espesando el aire con el olor a deseo.

Afuera, la noche cómplice conspiraba con nosotros.

Ainhoa, con la espalda arqueada y los muslos abiertos, me miró desde las sombras, su boca entreabierta, su aliento era una súplica muda.

– “Venga”
– ordenó, su voz grave y urgente.

No hubo más tiempo para dudas. Me hundí entre sus piernas y la devoré como un hombre que no ha probado ración en días. Su piel, ardiente y temblorosa, se crispó bajo mi lengua. Sentí sus uñas clavarse en mi nuca, su respiración romperse en pequeños espasmos, su sexo abrirse, más húmedo y voraz con cada roce de mi boca.

– “Más…”
– susurró.

Separé sus muslos con las manos, inmovilizándola contra la cama. Su piel tembló cuando mi lengua la sumergió en placer, recorriendo sus lunares, humedeciendo sus pezones, sí, mi boca la tomó sin piedad, fue ahí cuando su cuerpo dejó de pertenecerle y se convirtió en una extensión de mi deseo.

Cuando por fin entré en ella con fuerza, su grito se ahogó en la almohada. Se aferró a mi espalda, sus caderas buscando más, pidiéndome más. Me hundí hasta el fondo, embistiéndola con la fuerza de quien quiere marcar territorio en la carne misma. Sentí sus piernas envolverse en mi cintura, sus uñas desgarrándome la espalda, su vientre estremecerse con cada choque de nuestros cuerpos.

– “Usted es… “
– jadeó, entrecortada…”el bendito infierno mismo.”

Sonreí contra su cuello, mis dientes atrapando su piel mientras la embestía una y otra vez. Ainhoa se retorció debajo de mí, sus caderas alzándose en un espasmo cuando el orgasmo al fin la devoró. La sentí estremecerse, hundirse en mí como si quisiera fundirse en mi cuerpo.

Solo entonces, con su placer latiendo aún entre mis piernas, me permití caer. Ella me recibió con un gemido ahogado, su cuerpo aun convulsionando, sus labios siempre rojos, apenas curvados, develaron en una sonrisa satisfecha.

No hubo palabras después. Solo el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas y el sudor enfriándose en nuestra piel. Solo el sabor del pecado aún en nuestras bocas.

Somos nuestro fetiche favorito.

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