Buenas Noches, Perséfone
Sábado
El concierto ha terminado hace más de una hora. Mientras camino hacia el coche, disfruto del viento frío en la cara. La luna llena baña los árboles con su luz amarillenta, como una lámpara antigua. Huele a pino y bosque. Un cacomixtle corre a toda velocidad; esos pequeños criminales aprovechan cuando olvido las croquetas en el balcón y roban la comida de Dragonul.
A pesar del caos de la ciudad, aún quedan árboles fuera de los camellones. Pero estos lugares son invadidos por los cuarentones en bicicleta que transportan sus bicis en autos de lujo solo para pedalear un rato los fines de semana. ¿Para qué llevar una bicicleta en el auto para luego bajarla y usarla? Quizá la estupidez humana sea proporcional al costo de ambos vehículos.
Suspiro al llegar al coche y noto la tensión en mi hombro izquierdo. Me duele la espalda. Coloco con cuidado el estuche de mi violín en el asiento trasero; aunque no soy de encariñarme con objetos, este sí es sagrado.
—¿Qué, el violincito tiene frío? —se burlaba mi exmarido. —Ajá —respondía yo—. Se trauma, le sale el abeto caprichoso que lleva dentro y te golpea con sus ramas. Mejor déjalo en paz en su asiento.
Muevo los hombros y el cuello para aliviar el cansancio. Mientras conduzco a casa, pienso en mi madre. Cuando tocaba el piano, parecía una artista etérea, llena de expresión emocional y fantasía. Yo, en cambio, soy una ejecutante técnica y disciplinada. Heredé poco de su genialidad y carisma.
Al llegar, solo quiero tirarme en la cama y pasar la pelota de terapia por mis hombros. Entro, cierro la puerta y dejo el violín sobre el pequeño mueble del recibidor. En la penumbra, unos ojos rojos me observan debajo de la mesa. Un escalofrío recorre mi espalda al ver también unos colmillos. Gruñe. Se acerca a mí.
Dragonul. Mi perro. Pero esos ojos… no los reconozco. Me olfatea, gira un par de veces a mi alrededor, deja de gruñir. Enciendo la luz. Se tumba, muestra la panza: bandera blanca con ojos de demonio carmesí.
Mis preciosas botellas… una de ellas, hecha pedazos en el piso. ¿Olvidé cerrar la puerta de la recámara y dejé una botella al alcance de Dragonul?
Resoplo, tomo la escoba y el recogedor. Recogo los cristales y los meto en una bolsa reforzada. Entre los dedos, sujeto una etiqueta: Darío. Muralista Ególatra, 03-Mayo-2021. Suelto una carcajada.
Miro a Dragonul en el sofá y le recito:
—Tienes toda la actitud de artista plástico consentido por la izquierda. Te fumaste a un infumable. Solo te faltan los lentes oscuros, incluso de noche.
Sin duda, Darío ha sido de los individuos más insoportables con los que me he relacionado.
Cansada, me arrastro al baño, me pongo la pijama y me dejo caer sobre la cama. Dragonul se acurruca a mis pies, vigilante. Buenas noches, Perséfone, se lee en sus ojos rojos, como un cancerbero.
La abuela Dika
Domingo
Al salir de la iglesia, Mica entrecierra los ojos ante la luz del sol, que le causa un leve escozor. Un efecto secundario que durará unas horas; hace poco aspiró el contenido de una de sus botellas.
Mide apenas 1.55, delgada, de huesos ligeros, piel blanca, cabello oscuro y lacio hasta los hombros. Su mirada triste proviene de sus ojos grandes y caídos, y su nariz aguileña acentúa su pequeña cara ovalada. Va tomada del brazo de una anciana de ojos azules, por lo demás muy similares físicamente. Es Dika, su abuela.
—Que quede asentado en actas que vengo a la iglesia en contra de mi voluntad —murmura Mica con voz serena. Dika manotea y responde con una sonrisa: —Dame ese gusto, chiquilla. No te hace daño… ¿o te está saliendo humo? Además, tengo chucrut en casa.
Ambas ríen. Mica haría cualquier cosa por su abuela; es su cómplice, su madre desde que la suya murió.
—¿Buni, tienes chocolate? —pregunta Mica. —Sí. ¿Estás triste? —Un poquito. Extraño a tu hija. Esta iglesia me trae muchos recuerdos.
Se refiere a la Parroquia del Rosario, en la colonia Roma. Dika vive cerca, en la calle Frontera, en una casa preciosa. Del otro lado, en la Doctores, a tres calles, está la casa de su padre, donde creció Micaela, en una casita con jardín e higuera.
Al llegar, Mica nota la ausencia de la música de Elena, la enfermera de Dika.
—¿Y Elenita? ¿Ya la corriste? No escucho a “Rocío Dúrcal y la gata bajó la lluvia”. Dika suelta una carcajada. —No, salió con un chimpancé. —¡Órale, qué chango tan osado! —grita Micaela, dando saltitos a la cocina.
La casa es grande y bonita, remodelada varias veces. Tiene una cochera automática para dos autos, escaleras que llevan a la sala con un ventanal hacia la terraza, donde hay un manzano, flores y una fuente. Todo cuidado y limpio.
Huele a caoba, a limpiador, y a rosas sobre el piano que separa la sala del comedor, con su mesa de cristal y sillas tapizadas en blanco. El suelo de madera clara cruje bajo los pies de Mica. Se siente a gusto aquí.
Sigue siendo un misterio de dónde salió el dinero para esa casa. Dika, enfermera quirúrgica, recibe una pensión. Nadie duda que siempre recibió dinero del padre de Eva. Mica sospecha que compró el silencio de su abuela.
Mica revisa el refrigerador y sus ojos brillan al encontrar frascos de chucrut.
—¿Puedo tomar mi chucrut? —Sí, déjalo aquí para que no se te olvide.
Dika activa la bocina: —Alexa, pon música de Tudor Pana.
—¡Buni, no inventes! Vas a alborotar a las polillas rumanas de esta casa.
Dika se ríe con fuerza. —¡Ah, claro! ¿Solo Dvořák tiene aprobación de la violinista de esta familia? Te recuerdo que yo también toqué el violín, niñita.
Ambas ríen.
—¿Quieres un sándwich? —pregunta Dika. —Sí, por favor. Ahí tengo higos también. Me los trajo tu padre ayer.
Mica prepara una charola con sándwiches de chucrut, té de limón, higos, chocolate y su frasco de chucrut. Aunque ya desayunó y apenas es mediodía, tiene hambre.
—¿Qué tienes, niña? Estás muy tragona. —Pues ya sabes… cuando tomo uno de mis frascos me da mucha hambre.
Suspira.
—Ayer, al llegar al depa, Dragonul había roto un frasco y se fumó lo que contenía. Tenía los ojos rojísimos, el zoquete. Mañana lo llevo al veterinario, sigue raro… parece intoxicado y camina chueco.
Dika ríe otra vez. —Bueno, tu perro nunca ha sido normal. Ten cuidado con lo que dejas a su alcance, no sabemos cómo pueda reaccionar.
—¿Por qué no hablas con Chayo? —Sí, Buni, le mando mensaje al rato. Tengo concierto en la noche, espero poder hablar con ella después.
Mica relaja la mirada mientras toma el té y contempla a su abuela.
Electric Pow Wow Drum
Lunes
Los lunes son el día libre de Micaela: sin clases, sin ensayos. Toca fragmentos de Philip Glass y música popular como Electric Pow Wow Drum, marcando el ritmo con el pie mientras el arco roza el violín. Disfruta de los programas que Fabián, el violonchelista del cuarteto, le instaló en la computadora. Usa Cakewalk para el acompañamiento y MuseScore para descargar partituras y verlas en pantalla.
Termina con una pieza de Caroline Shaw que ama: Plan & Elevation V, suave y dulce como mandarina.
Son las 11:45 a.m. Despertó temprano, hizo yoga, desayunó, tomó un baño y practicó por puro placer durante una hora.
Recuerda que debe llevar a Dragonul al veterinario. Limpia el violín, lo guarda en su estuche y lo deja dentro del clóset de su estudio.
Busca su celular, que está en silencio, y ve mensajes:
“Sí, lo reviso, NTP. Pero hoy no estoy en el consultorio del sur, sino en el de Polanco. Te mando ubicación. Confírmame la hora para hacer espacio.”
Mica suspira. “Mtaaa, hasta Polanco… Dragonul, no friegues. Sí te quiero.”
Antes de salir, abre el gabinete con chapa en su vestidor. Lleva en su muñeca una pulsera plateada con colgantes miniatura: una muerte con guadaña, un camafeo con La joven del arete de perla en versión cadavérica y una pequeña llave, que usa para abrir el gabinete y tomar un frasco vacío. “Por si se atraviesa un alma incauta,” piensa.
Se mira en el espejo y decide maquillarse. Guarda en su mochila el frasco, su cartera, el celular, el carnet de Dragonul, una cosmetiquera diminuta y su juguete favorito: un cocodrilo tuerto de peluche, mil veces masacrado y remendado.
Diez minutos después, va camino a Polanco con Dragonul sujeto al asiento trasero mediante un arnés.
Dragonul es 50% alfombra: puro pelo color miel con pancita blanca. 10% pastor alemán, según sus inmensas orejas picudas. Y 40% mestizo. En la calle, todos creen que aún es cachorro.
—Es la cara de perro duende, por eso luce más joven —explica Mica, riéndose.
Su mejor amiga le encontró la raza perfecta: “Un adorable pastor chilango.”
Llega a Polanco y tiene suerte de encontrar lugar libre. Pone monedas al parquímetro, coloca el boleto en el auto y baja a Dragonul con la correa.
“Solo los chilangos zoquetes pagamos por un lugar de estacionamiento en la calle,” piensa mientras camina.
A unos metros del veterinario, casi recibe un portazo de un hombre que baja apresurado de una enorme camioneta negra.
El barbón masculla una disculpa, y Mica lo deja adelantarse. “Lo que faltaba: el maleducado dueño de las calles en el mismo veterinario.”
En la recepción, el hombre voltea hacia Micaela y, con voz de locutor, dice:
—Por favor, atienda a la señorita primero; casi la golpeo afuera al bajar del coche.
Luego la mira a los ojos, sonríe y extiende la mano.
—Discúlpame. Mucho gusto, Jorge.
Micaela le devuelve la mirada, estrecha su mano.
—Mucho gusto, Micaela Díaz.
Mientras esperan, Jorge se sienta junto a ella y le cuenta que anoche trajo a una de sus gatas porque tragó algo y vomitaba. Mica escucha fascinada el timbre de su voz, aunque a él lo considera “señor casi geriátrico.”
Ríe para sí misma al notar que encaja perfecto con el arquetipo de hombre de 60+ que pedalea los fines de semana.
Dragonul, amistoso, no deja de buscar la atención de Jorge, quien acaricia al perro y le pide la patita una y otra vez.
“Lo que faltaba: que a mi perro le caiga bien este señor clase A/B. Pinche perro aspiracionista,” piensa Micaela.
Diez minutos después, el veterinario revisa a Dragonul. Está levemente intoxicado, quizá por un insecto o un pedazo de comida. Le da una pastilla y recomienda observarlo, alimentarlo con caldo de pollo, arroz y pollo un par de días. Debería estar bien en tres días.
Mica olvida el cocodrilo de Dragonul en la mesa de observación.
Al salir, se cruza con Jorge, que espera la entrega de su gata. Se despide con un gesto de la mano y se marcha.
11:11
Jueves
Micaela está en clase en la escuela de jóvenes talentos del Instituto de Artes. La sala es un caos alegre: risas, violines que parecen tener hipo y una energía contagiosa.
Con el cabello revuelto y una sonrisa radiante, Mica tiene una costumbre peculiar antes de practicar: dejar que los niños se desahoguen primero.
—Mis chavos, bienvenidos al concurso de los monstruos violinistas —anuncia, levantando el arco.
Los ocho niños, ninguno mayor de 11 años, abren los ojos con curiosidad y emoción. Sentados frente a sus atriles, imitan gruñidos, maullidos y balidos monstruosos con sus violines. Compiten por el sonido más claro.
Poco a poco, Mica nota que los chillidos se transforman en notas nítidas. Veinticinco minutos después, están listos para estudiar a Bach: el concierto para dos violines en D menor, BWV 1043.
Una hora y media después, los niños salen ruidosamente, con los dedos adoloridos pero tarareando a Bach. Mica está satisfecha; las clases con niños le dan sentido a su vida.
En el patio interior, se acomoda en una banca, saca un sándwich y una manzana de su mochila. Son las 11:11. Tiene menos de una hora antes de la siguiente clase.
Distraída, revisa su celular en modo “no molestar” y nota un mensaje de un número desconocido.
“Hola Micaela, ¿cómo estás?”
Casi se atraganta con un trozo de manzana al leer:
“Soy Jorge, el de la gatita. Olvidaste un cocodrilo en estado lastimosamente herido en el veterinario, que le pertenece a tu compañero peludo y alado.”
Micaela ríe con ganas, intrigada por el barbón.
“Por cierto, tu cel me lo dio el vet. Espero no molestar. Le conté que casi te golpeé y que, para resarcirlo, quería hacerme cargo de hacerte llegar el coco.”
Ella responde rápidamente:
“Gracias. ¿Quieres enviármelo con un Uber o algo así? Es obvio que ese cocodrilo sobrevivió a la masacre del pantano.”
Jorge responde con un emoji de risa:
“No estoy en México. Al regresar te aviso por mensaje. Mientras, sumergirán al coco tuerto en un baño. Ciao.”
Mientras tanto, Jorge camina hacia su asiento en las gradas del Gran Premio de Hungría. Se encuentra con el hijo menor del ex presidente Zambrano, quien lo saluda efusivamente.
—Ingeniero, qué gusto verte. Mándame mensaje cuando regreses a México; tengo un negocio para ti.
Ambos pertenecen a una clase política casi extinta, aunque las formas de hacer “negocios” persisten. Jorge recuerda con nostalgia cuando Zambrano dejó claro que no nombraría sucesor, marcando un cambio democrático en México.
Desde que el partido guinda ganó las últimas elecciones, Jorge ha enfrentado dificultades. El resentimiento y la polarización del actual presidente dejaron a muchos sin trabajo, y él no ha sabido anticipar los cambios.
Ya no es el secretario particular que resolvía y anticipaba para figuras importantes del partido de los tres colores. Ahora, camina hacia su asiento, un hombre de casi 1.80, delgado, de cabello y barba casi blancos. Sus ojos pequeños y astutos, color miel, y su voz encantadora son su mayor atractivo.
Se sienta junto a una adolescente rubia y bajita, parecida a Shakira, con ojos vivaces color miel. Le regala una sonrisa perfecta: es su hija Marina.
De vuelta en el patio, Mica sonríe mientras piensa: “No jodas, Micaela. El cuate ha de ser más superficial que un influencer fit. Solo te hizo reír.”
Se pone de pie, bebe agua, se mete una menta a la boca y corre hacia el salón de clases.
El Rito
Viernes
Por la tarde, después de clases, Micaela regresa a casa. La comida está lista en el refrigerador: salmón, ensalada de verdolagas, jitomate, aguacate y pasta al pesto. Dragonul se echa bajo la mesa, fiel a su ama. Su olfato le dice que una parte de ese manjar le pertenece: la piel del salmón y, con suerte, algunos trocitos.
Mica termina de comer y pone en el plato de Dragonul la piel y un trozo de salmón. El perro ni siquiera mastica, devora. La intoxicación de hace unos días no fue grave; Dragonul parece estar completamente recuperado.
Odia lavar platos, así que los deja en la tarja, solo enjuagados. “Ya los lavaré más tarde.”
Prepara un café y recuerda que quedó de llamar a la tía Chayo. Aún tiene tiempo; hoy tiene concierto.
Bebe un trago de café y camina hacia el balcón. En el patio de los vecinos hay una jacaranda que en primavera es un deleite para los ojos. Ahora, casi sin flores, parece estar en reposo.
Piensa que ella también convive con algo en reposo dentro de sí. Lo supo la primera y única vez que tuvo una convulsión, poco después del divorcio, durante un ensayo. Se quedó rígida, cayó al piso con los ojos abiertos mientras convulsionaba.
Sus compañeros de fila la acompañaron durante los tres largos minutos que duró el episodio. A Mica le pareció una eternidad.
Después del episodio, siguieron estudios en sangre y una tomografía. El diagnóstico: su cerebro en la parte frontotemporal estaba levemente empequeñecido, pero no era concluyente. No hubo forma de determinar si tenía el mismo virus que causó la demencia frontotemporal en su madre, quien murió cuando Mica tenía apenas 18 años.
Dos semanas después de la convulsión, Mica fue a Veracruz. La tía Rosario, hermana de su padre, la invitó a pasar unos días allá. Quería hacerle una “limpia”.
Al llegar a la finca en Coatepec, Mica no podía dejar de pensar en el marido de su tía, un abogado que había ocupado diversos puestos en el estado, incluido el de procurador durante el gobierno de Durán (quien purga una condena por enriquecimiento ilícito). Era imposible que solo con su sueldo hubiera adquirido la finca.
Sabía que no eran sus únicos bienes y también sabía que era sumamente inteligente y corrupto.
“Pinche país con una clase política corrupta de diferentes colores. Me cagan todos,” pensaba.
Lo toleraba porque adoraba a la hermana de su padre, cuyo altruismo era bien conocido en Veracruz.
“Solo por eso soporto al panzón ese.”
Mica dejaba sus escrúpulos y conciencia en remojo, siempre y cuando supiera que había un bien común.
Chayo le tenía preparado un temazcal. Mica se relajó y casi se quedó dormida. No tenía ganas de hablar; estaba triste y preocupada.
Por la noche, vestidas de blanco, Mica y Chayo se adentraron en el bosque.
Micaela iba tomada del brazo de Rosario, quien sostenía una lámpara en la mano derecha.
—¿Y tú crees que esto va a funcionar? —preguntó Mica. Chayo movió la cabeza afirmativamente. —No lo creo, chamaca. Estoy segura. Ten fe.
—¿Chamaca? No la jodas. Tengo 40 —rió Mica, deteniéndose para sacar una piedrita del huarache. —Una piedra en el camino —respondió Chayo, riendo también.
Llegaron a un claro en el bosque. Cerca de una fogata había una docena de personas vestidas de blanco, todas con máscaras de madera al natural, sin pintar, talladas con el rostro de distintos animales: jaguar, águilas, serpientes, iguana, camaleón, tlacuache, mariposa, venados, conejos, búhos.
Mica estaba hipnotizada por la fuerza que percibía en las máscaras.
Según le explicó Chayo, las máscaras representaban tonas, animales míticos y protectores, cada uno con una cualidad: fuerza, sabiduría, poder, enseñanza o sanación.
—Entre todos vamos a invocar a tu propio tona, para que te proteja y cure esa chingadera que traes en tu cabecita —dijo Chayo.
Se tomaron de las manos en círculo. Chayo se colocó una máscara de búho, mientras Mica permanecía en el centro, sentada con las piernas cruzadas. Comenzaron a entonar una canción en una lengua que Mica no reconocía.
Sintió fiebre, el pecho ardiendo. De pronto, quedó pasmada. Miró hacia arriba y percibió la forma de una serpiente fantasmagórica, de tonos azul violeta y ojos verdes de jade, volando hacia ella, acercándose y alejándose.
Mica abrió la boca y sintió cómo la serpiente voladora entraba en su cuerpo con un golpe seco que la arrastró un par de metros hacia los pies de Chayo.
Se soltaron las manos y un par de enmascarados más la rodearon. Rosario se quitó la máscara y le dijo al oído:
—Tu tona es una serpiente, pero para cuidarte y curarte necesita quedarse dentro de ti.
—Mañana te explico qué tienes que hacer para alimentarla. Ahora, despacito, vas a tomarte este té.
Mica tomó pequeños tragos del té. Se sentía viva y llena de energía.
Mica regresa al presente. Más tarde, llama a Rosario.
—Mija chula, ¿cómo estás? —Bien, ¿y tú? —A todo dar.
—Te cuento rápido: Dragonul se tragó una de mis botellas la semana pasada. —¡Santo Cristo!
—Al parecer no sucedió nada. Solo se comportó bien histriónico, igualito al pedazo de güey que se fumó.
—¿Tú crees que sea necesario hacerle algo más? No sé, ¿un exorcismo mítico o un ritual de esos tuyos?
—Jajajajajaja. No respetas. ¿Cómo chingados que exorcismo mítico? No, hija. No creo. Solo ten cuidado con eso. No sabemos cómo pueda reaccionar si se fuma a un insoportable, a alguien violento pero que no lo parezca. O peor, a un narcisista o a un político… ahhh no, a esos no. Esos no tienen alma.
Micaela soltó una carcajada.
—No, pues en mi colección no tengo políticos. No que yo sepa. Solo necesitaba preguntarte eso.
—Está bien, mija. No dejes de mandarme mensajes. Te quiero. Dale saludos a Manuel.
—Sí, yo también te quiero. Besos.
Noche de Brujas
Martes
Micaela tiene una cita con el barbón para recoger el cocodrilo. Decide dejar el auto y pedir un taxi de aplicación. Llega puntual y se sienta en una banca afuera del área de restaurantes de una plaza.
Le parece una idea genérica, pero práctica. Si la situación se vuelve incómoda, será más sencillo acelerar el proceso y hacer mutis en una plaza que en un restaurante de los que le gustan: más íntimos, en Benito Juárez o Coyoacán.
No imagina al barbas en Convite o Nagaoka, y en Nube 7 destacaría como una ucraniana en la Central de Abasto. Por eso le permitió elegir el lugar, solo pidió que fuera “un punto intermedio”.
Jorge vive en Chancla Fe, esa colonia que la repele: un basurero convertido en zona AAA y centro de negocios, artificial y caótico, que absurdamente conecta con un pueblo marginado con el que comparte nombre.
Suena una notificación de mensaje.
“Voy tarde, pasó algo bien raro. Te juro que no soy así habitualmente. Según el navegador, llego en 15.”
Mica responde:
“No problem. Recién recibí mi sueldo. Tendré que matar la ansiedad comprando algo.”
Se levanta y recorre los aparadores, aunque no está de ánimo para comprar nada. Se detiene frente a una tienda de zapatos, entra, toma unas botas, las deja. Antes de salir, contempla su reflejo en el espejo: vestido gris de punto, capa a juego, mallas oscuras, botines negros. Elegante sin proponérselo.
Regresa a la banca y, unos minutos después, ve acercarse al barbón.
Jorge la saluda con un beso en la mejilla. El percibe un perfume de jazmín que cree reconocer. Jorge la observa con curiosidad: es distinta a las mujeres que está acostumbrado a ver, con una belleza discreta y poco común. Elegante sin esfuerzo.
Le propone cenar en el restaurante italiano. Mica le permite elegir el vino y lo escucha mientras habla sobre su paso por el partido tricolor y diversas dependencias gubernamentales.
Ella es una mujer politizada, con un padre de opiniones firmes sobre corrupción, justicia y la historia acomodaticia de los partidos en México. Su visión crítica e informada de la realidad le permite analizar sin ingenuidad lo que Jorge comparte.
Después de diez minutos sin interrupciones, Micaela suelta:
—Ningún partido, presente o pasado, ha enfrentado los problemas fundamentales del país: corrupción, impunidad, desigualdad, inseguridad. Se supone que todos los ciudadanos somos parte del sistema, y su función es gestionar asuntos públicos y tomar decisiones colectivas. Han fallado brutalmente. Nos tratan como menores de edad en cuestiones democráticas. Pasado y presente, la misma porquería: centralización del poder, presidencialismo y un partido dominante.
La franqueza de Mica deja a Jorge intrigado. Está frente a una mujer con un bagaje diferente, con conciencia social. Se siente retado a conocer qué hay detrás de esos ojos oscuros y esa mente ágil.
Le entrega una bolsa con el cocodrilo lavado y un juguete nuevo. Mica lo mira retadora.
—Vaya, ¿quieres comprar a mi perro? Ingeniero, hay seres que no tienen precio, para quienes no te alcanzaría el presupuesto. Eso incluye a mi perro dragón.
Jorge ríe y la besa.
Mica no lo rechaza, pero al instante coloca los dedos mayor e índice sobre su cuello y la mano izquierda sobre su muñeca. Siente algo extraño: no percibe su alma.
Generalmente, este gesto le permite susurrar algo al oído de la víctima y obtener un pedazo de su energía. Retiene el aliento, se excusa y va al baño para vaciar la esencia en una botella.
Pero con Jorge… nada. No funciona. Se queda desconcertada.
Lo mira a los ojos y le pide que le cuente del viaje.
Quince minutos más de monólogo: Hungría, Fórmula 1, su hija Marina, una adolescente de 17 años que comenzará a estudiar ingeniería.
Micaela sonríe y pregunta:
—¿Vaya, y a ninguno de los dos los infiltró un vampiro en el viaje?
Jorge ríe.
—No. Quizás mosquitos. ¿Hay vampiros en Hungría?
—Claro. Hungría pertenece a la zona de vampiros. La figura del vampiro en la literatura se nutre del folklore europeo sobre la línea entre el mundo de los vivos y los muertos, y el poder de la sangre de los enemigos. Grecia tiene leyendas de vampiros, Italia, Alemania, Francia, Europa del Este… Hungría, Rumania. Hay tratados, testimonios… Lo juro.
Jorge alza las cejas.
—No pongas esa cara. ¿Te estoy asustando? —Mica se ríe—. No te asustes, mi abuela es rumana. Los vampiros y otros seres peores son parte de las historias de mi infancia. Después leí más. Es curiosidad.
Se reclina en su silla.
—A mí también me gusta leer. No solo soy violinista. Me interesa la danza, la literatura, la política, viajar. Lo que sí desprecio son las redes sociales y exhibir mi vida en línea. Me parece vulgar, y soy demasiado introvertida para llevar un álbum digital de mi existencia.
Jorge bebe un trago de vino.
—No, no me asustas —dice, acomodándose los lentes—. Eres diferente. No recuerdo que en una primera cita alguien me haya hablado de vampiros. Si tu perro se llama Dragonul, me parece lógico.
Sonríe.
—¿Quieres postre?
—Sí, se me antoja la tarta de manzana.
Cuerdas de Colores
Lunes
Han pasado dos meses desde la primera cita con Jorge, y tras muchos encuentros, Micaela recibe un correo que llevaba esperando: ha sido aceptada en Finlandia para cursar la especialidad en el método infantil Cuerdas de Colores.
El programa dura dos años, y a partir del segundo podrá dar clases pagadas en la misma institución, aplicando el método, aprendiendo y sosteniéndose económicamente.
Hace una década que sueña con esto. Lo ha pospuesto por miedo al fracaso. Ahora, en otoño siguiente marcará el inicio de su nueva etapa.
Debe calcular cuánto dinero necesitará para el diplomado y mantenerse por más de un año. Hay opciones: buscar una beca, vender su auto, solicitar un préstamo educativo. Tiene tiempo para hacer cuentas y planearlo.
Está contenta, pero no sabe lo que es sentirse completamente satisfecha. Cree que es pura suerte y no que realmente tenga un perfil excelente como músico y profesora. Se pone trampas mentales para amortiguar cualquier posible decepción.
Envía un mensaje: “Pá, quiero platicarte algo. Es de las Cuerdas en Finlandia. ¿Comemos?”
La respuesta llega rápido: “Vente al taller. ¿Se te antoja un taco árabe? Yo invito. Avísame cuando vengas. Te quiero, Michita.”
Manda otro mensaje: “Ingeniero, tengo algo que contarle. Me gustaría hacerlo en persona. ¿Qué día puede venir a cenar? Yo preparo la cena. No lo voy a envenenar, es una promesa.”
Mientras tanto, Jorge sostiene un cigarro y habla por teléfono con un contacto que le pasó el hijo del expresidente Zambrano.
—Si me mandas toda la operación, veo cómo cuadrarlo. Quizá lo mejor sea una holding registrada en Bahamas o Países Bajos. Te mando la dirección de correo encriptado. Ábrete una cuenta del mismo dominio por seguridad.
Cuelga. Mira de reojo el mensaje de Micaela. Escucha un silbido en sus pulmones.
“Si de cualquier forma voy a valer madre, me arriesgo a lo grande,” piensa, mientras enciende otro cigarro.
Otros mensajes: De una Yules, diez textos. El último:
“¿No me vas a responder? Está bien, qué estúpido eres.”
De Fati: “Te mando la meditación de hoy. Espero que te sirva. Besitos.”
De Kat: “Hace mucho que no te veo. ¿Cuándo vas a yoga?”
Archiva y bloquea a Yules.
Responde a Fati: “Gracias, besos.”
A Kat: “He estado ocupadísimo. Ya sabes, en chinga working. Pronto regreso. Cuídate.”
Abre su computadora, está en su departamento. Un espacio sobrio, en tonos grises y madera clara, con una vista a Santa Fe que él define como “extraordinaria”.
Pero lo medita.
“¿Vista extraordinaria? Estoy rodeado de armatostes construidos sobre un tiradero de basura. Soy un galgo enfermo y viejo corriendo su última carrera, apostando todo. Esto no es una vista extraordinaria ni mi vida lo es. Llevo seis años peleando con un sistema político que me dejó fuera del juego y no he sabido adaptarme.”
Sus conocidos ya están jubilados o hicieron suficiente dinero para no seguir en este país.
Teclea un esquema financiero en un archivo encriptado. Una hora después, exhausto, cierra el archivo.
Se sirve café y abre el mensaje de Mica:
“La Romaní va a cocinar… ¿jueves en la noche? Te mando besos en horizontal y en vertical.”
Jorge ríe cínico
Mica, responde:
“¿A las 8:00? Con postre y todo. Comida sin lácteos para el intolerante… a la lactosa. No interrumpo más, le dejo construir imperios. Beso a cuatro tiempos.
“
Antes de las 2:30 pm Mica llega al taller de su padre, uno de los pocos maestros que aún sabe afinar y reparar pianos.
El aroma a madera, barniz y cera le recuerda su infancia. Aspira profundamente y contempla el rostro moreno de su padre: alto, delgado, de mandíbula cuadrada y nariz aguileña como la suya.
Manuel la abraza y le da un beso en la frente.
—Me lavo y vamos a comer. ¿Ahora qué hiciste? ¿A quién mataste y dónde vamos a enterrar el cuerpo?
—A nadie, todavía. Pero si sucediera, ¿me ayudarías? ¿Me querrías aunque fuera una psicópata candidata al Fray Bernardino?
—Si ya te quiero bruja y violinista, qué más da loca.
Mica acaricia las teclas de un Steinway de estudio. Recuerda a su madre. Su cabello negro, sus profundos ojos azules, el olor a jabón y perfume, sus manos largas y delicadas peinándola.
“Tú puedes, Micaela. Mira al frente. Equilibrio.”
Van caminando al taco árabe cerca de Insurgentes.
Piden tabulé, tacos árabes y agua de jamaica.
Mica bebe un trago de agua.
—Recibí un correo de Finlandia. Me aceptaron para el diplomado Cuerdas de Colores. Empiezo en otoño del próximo año.
Explica los cálculos. La matrícula, la vivienda, los vuelos, el permiso de estudios, vender el auto.
—Llevo años postergándolo. Por querer tener un hijo y no poder, por el divorcio, por la orquesta. Pero la única verdad es que lo dejé pasar por miedo.
Su padre la escucha.
—Mica prosigue: La educación no es un privilegio, es un derecho. Todos los niños deberían tener acceso a la música o a cualquier actividad creativa. La creatividad también es una oportunidad para salir de la miseria. La música me salvó de la tristeza, de la pérdida y de un mundo que no entendía.
Manuel la observa con atención.—Desde que eras niña, mi único deseo es que tu vida tenga sentido. Si esto es el sentido de tu vida, quiero ayudarte.
Mica mastica otro trozo de taco, mira a su padre con ojos tristes
:—No hagas esa cara. Quiero hacerlo. No estoy pidiendo permiso.Su padre sonríe.—La felicidad es inasible. Mientras más nos preocupamos por otros, más satisfacción encontramos. Lo que haces con los niños es crear un espacio donde pueden ser ellos y explotar sus dones. Eso es valioso y trascendental, aunque tú lo veas insignificante.
Toma las manos de Mica y las besa.—Quiero ayudarte, porque te amo, y esa es razón suficiente. Tómalo como un regalo de los Reyes Magos.
Mica tiene los ojos llenos de agua.—Gracias, Pá. Yo también te amo.
Yo confieso
Jueves
Dragonul bloquea la entrada de la cocina, observando atentamente a su madre adoptiva interespecie. Micaela está terminando de cocinar: pasta en salsa blanca con salmón, sopa de huitlacoche, ensalada y manzana con chocolate de postre.
Tiene un regalo para Jorge, pero es sorpresa. No hay semana en que él no le envíe algún detalle: una botella de vino, un libro, chocolates. Micaela recibe todo encantada, pero se pregunta si es real o solo un juego en el que ella es la presa y Jorge el cazador, alternando entre el deseo de poseer y el aburrimiento una vez que lo logra.
Aunque sostienen pláticas profundas y él le ha compartido trozos de su infancia, ideas y sentimientos íntimos, desconfía. Percibe que Jorge oculta algo. Su autoestima parece depender de cómo lo perciben los demás, de los objetos y su cuenta bancaria, no de su valor como ser humano. En eso, no podrían ser más diferentes.
El timbre suena.
—Voy —responde Mica por el interfon.
Lo ve bajar de su auto alemán de lujo. Al acercarse, piensa: “Es atractivo, rozando los 60. Pero lo que impresiona es cuando abre la boca: un experto en marketing de imagen. Eso es la política: parecer convincente, aunque quien dé el discurso sea un corrupto perfecto o una bestia con traje.”
—Vino para la gitana —exclama Jorge.
Se dan un beso.
Son cuatro pisos sin elevador. Jorge refunfuña:
—Por favor, tú por delante. Motiva a un fumador.
Ríe a carcajadas. Es un cínico.
Al entrar, Jorge la observa: vestido de punto color crudo, cuello alto, manga larga, corto, con botas café de tacón y medias beige con estampado que parecen tatuajes. Un estilo entre hippie y sexy que le encanta.
Mica se cuelga de su cuello y lo besa. Dragonul interrumpe, ignorando a Micaela y demandando la atención de Jorge.
—Mi perro te adora. Nunca pela a mis amigos, pero contigo no para de hacerte fiesta.
Jorge acaricia al perro, le rasca la panza y le pide la pata.
—A mí este peluche me cae re bien. Tiene personalidad de sultán.
—¿Quieres cenar? Ven, te enseño la cena —dice Mica, tomando su mano.
Jorge mete la botella de vino al refrigerador. Con Micaela se siente confiado, puede bromear o hablar de cualquier tema. Le gusta su calma, su voz tranquila, su humor negro, inteligencia y perspicacia. La quiere, no es deseo. Anhela conocerla más y estar ahí para ella.
En la pequeña mesa del comedor, todo está dispuesto: copas para el vino, una jarra de agua, manteles y cubiertos.
Jorge observa el espacio de Micaela: sencillo y bello. Un póster de Veracruz ocupa media pared del comedor. Fotos cuidadosamente enmarcadas sobre la credenza. Un librero con libros de música, vampiros, ciencia ficción, historia, filosofía. Un grabado con una cerradura, un dibujo de una figura femenina con cabeza de pulpo. Todo refleja una personalidad poco común, que disfruta la cultura sin poses.
—Tu sopa pica. Si querías vengarte por el portazo, con esta sopa lo lograste.
—Juro que seguí la receta de mi tía. La culpa es del chile. Me deslindo.
—Qué rico huele el salmón —dice Jorge, llevándose un pedacito a la boca—. Oiga, sí sabe cocinar. Le perdono la enchilada.
—¿Quieres vino?
—Sí, por favor.
Al terminar la cena, Mica pregunta:
—¿Quieres postre? Tengo chocolate con manzana.
—¿Te digo algo? Eres bruja. No te había dicho que mi fruta favorita es la manzana.
Mica sonríe.—Algo de cierto hay en eso de bruja.
Le sirve un trozo de chocolate amargo con manzana. Jorge la sienta en sus piernas.
—Estás bien ligerita. ¿Segura que no tienes aire comprimido en los huesos?
Ambos ríen. Mica se pone de pie y se sienta en una silla al costado de él.
—Tengo algo que contarte. Hace unos meses hice una solicitud para un diplomado de enseñanza de violín. Me aceptaron. Es en Finlandia. Comenzaría en agosto, dos años.
Jorge toma su mano derecha entre las suyas.
—Me da gusto —dice, sincero y emocionado—. Sigamos con esto. Quiero conocerte más. ¿Tienes problema si quiero visitarte en Finlandia, en China o aquí?
Micaela lo mira, sorprendida.
—Ninguno. Solo promete que será en invierno. Así me sirves de cobija.
—No tengo problema. Puedo ir a visitarte hasta Amecameca, Tlaxcala o Finlandia.
Mica ríe.
—Yo también tengo algo que decirte-suelta el barbón.
Shttt, primero, tengo un regalo para usted.
Busca en el librero una bolsa.
—Toma, es tuyo.
Dentro hay una acuarela basada en una foto que Jorge compartió: Marina, su hija, con una gatita persa en brazos. La acuarela refleja la ternura de ambas.
Jorge contempla la acuarela, conmovido.
—Me pareció muy bonita la foto. Quería que tuvieras el recuerdo de ambas “chiquitas”. Nada se repite. Somos un momento. Eso está en esa pequeña acuarela.
Jorge suspira.
—Me conmoviste. Tienes esa capacidad. Descubres lo que otros piensan o sienten. No sé cómo lo haces.
Continúa, mientras se ve reflejado en los ojos de Mica-No soy de decir lo que siento. No me enseñaron. Aún estoy aprendiendo. Te quiero.
Le da un beso emocionado.
—¿No te molesta? ¿No soy invasiva?
—No digas eso. Eres una mujer muy dulce.Y bruja, adivina.
Mica lo mira con dulzura.
—Yo también te quiero. Tal cual eres. Solo una cosa: dime la verdad. No me edulcores la realidad. Nunca.
—I promise, bruja. I promise.
Ambos están de pie. Mica coloca sus dedos índice y mayor en el cuello de Jorge. Entrelaza su mano izquierda con la de él. Se acerca al cuello, recorre delicadamente con sus labios hasta la boca, retiene aire y lo besa.
No pasa nada de lo que está acostumbrada. Jorge la mira a los ojos, nota un destello rojo en ellos.
—¿Qué tienes en los ojos?
—Tengo algo más que confesarte —dice Mica—. Pero necesito traer algo para que me creas.
Regresa con un frasco azul entre las manos.
—¿Qué chingados es eso?
El frasco, de cristal azul con un tapón de corcho tallado, contiene algo que cambia de forma y color constantemente.
—Eso me mantiene sana y viva.
Mica abre el frasco, inhala hasta dejarlo vacío. Sus venas se inflaman, sus pupilas se dilatan con un brillo rojo.
Jorge, asombrado, pregunta:
—Cuéntame qué mierda es esto.
Mica toma aire y comienza a narrar la historia del rito en Veracruz.
La palanca del retrete
Viernes
Los días transcurren con calma. Jorge acepta a Micaela con todo y sus particularidades, y Micaela lo quiere con todo y sus misterios.
A las 6 a.m., suena la alarma. Dragonul baja de un salto de la cama y espera a que Mica abra los ojos. Ella despierta y se incorpora, arrastrando los pies rumbo al baño. Abre la regadera, bosteza, se baña, y poco a poco despierta.
Mientras cae el agua, repasa mentalmente su día: clase a las 8:00, ensayo a la 1:00, concierto a las 7:00. Hoy es uno de esos días que transcurren en cámara rápida.
En la cocina, Mica sirve agua y croquetas para Dragonul. Viste jeans negros rectos, una blusa tejida de manga larga y cuello redondo, con el cabello aún húmedo. Se asoma a la sala para verificar que su mochila, violín y disfraz para el concierto —vestido negro recto y zapatos— están listos sobre el mueble del recibidor.
Prepara rápidamente su desayuno y un almuerzo para llevar. Como de costumbre, tiene sintonizadas las noticias en la app del celular, conectada a la bocina de la sala.
Sentada a la mesa, devora huevos con jamón, pan, fruta y café. Aspira su aroma.
“Bendito café que quita la hueva del mundo.”
Escucha los titulares:
- “Funcionario del SAT Francisco N vinculado a megabuque con miles de litros de diésel ilegal y a red de huachicoleo.”
- “México entra a lista de vigilancia prioritaria de EE.UU. por problemas de propiedad intelectual.”
- “El 14 de febrero es Día del Amor y la Amistad; el 15, Día del Amante, según Bumble.”
- “Revelan red de desvío de recursos en petrolera estatal por 83 millones de pesos. Esquema similar a la Estafa Maestra; vínculos con funcionarios y exfuncionarios…”
Voltea la taza de café al escuchar entre los nombres el de Jorge. Está mareada. Limpia rápidamente la mesa y revisa el reloj: 50 minutos para llegar a clase, incluido el paseo de Dragonul.
Siente un hueco en el estómago. Desconecta las noticias.
Mientras maneja, sigue dándole vueltas a lo que escuchó.
“¿De verdad Jorge es capaz? ¿Y si es un error? No… sí es capaz. Me siento estúpida. Necesito escucharlo. ¿Y tu conciencia, Micaela? ¿Dormida o pendeja?”
Estaciona el auto y ve un mensaje de Dika:
Hoy voy a transferirte otra cantidad igual a la de antier, es mi regalo de cumpleaños. Ayer vi a Manuel. Tiene una sorpresa para ti. Me dio chance de pasarte el chisme, pero quiero que él te la dé. Besos.”
“Gracias, Buni. TQM. Entro a clase.”
Durante la clase, Mica desconecta y se concentra solo en los niños. Su día transcurre ajetreado. Cada vez que revisa el teléfono, lo hace de reojo, inquieta, esperando un mensaje, una señal… algo.
Agotada, llega del concierto a casa y pasea a Dragonul. Al regresar, se deja caer en la cama, mirando al techo.
A las 11:30 p.m., Mica se revuelve en la cama. Suena el celular… número desconocido. Con un presentimiento, toma la llamada.
—¿Diga?
—Hola.
Mica reconoce la voz.
—Debo ser breve. Nada de lo que leas, escuches o sepas en los próximos días es totalmente cierto.
Lo escucha pasar saliva.
—Me siento como si hubieran jalado la cadena del retrete y me fui a la mierda. Estoy flotando en mierda.
Pausa.
—Quisiera contarte todo, pero no puedo hacerlo ahora. Te quiero.
Antes de que Mica pueda responder, Jorge cuelga.
Al día siguiente, el segundo sábado de febrero, es el cumpleaños 46 de Mica.
Dika, Manuel y Micaela están en su restaurante favorito en Coyoacán. Mica pide mole poblano acompañado de una copa de vino blanco.Manías transmitidas por sujetos barbones.
Manuel la observa durante la comida.
—¿Pasa algo, mi niña? —pregunta con ternura.
—Nada, Pá. Solo estoy cansada, ha sido una semana difícil. ¡Salud!
Manuel sonríe.
—Tengo un regalo para ti. ¿Recuerdas el Steinway de pared? Fue un pago por otra reparación. Lo arreglé y vendí. Quiero darte el dinero íntegro para tu viaje.
Le resbalan un par de lágrimas.
—No, no llores.
Mica abraza a su padre.
—Te quiero, Pá.
Mientras lo abraza, vuelve a sentirse una jovencita de 18 años, encontrando refugio en los brazos de su padre.
Todo se rompe si lo fuerzas
Agosto
Micaela pasea por el centro de Helsinki, con Dragonul sujeto por la correa. Llegó hace un par de días tras un largo vuelo con escala en EE.UU. Tiene diez días para habituarse.
Debe hacer trámites: colocarle un chip a Dragonul, pagar un impuesto por mascota. Por lo demás, con su visa de estudiante puede trabajar.
El clima es agradable, 16 grados. Hoy quiere visitar la zona del puerto, lleva el mapa en el teléfono. Está emocionada: ayer descubrió un pequeño café cerca de la escuela, donde la atienden en inglés y entienden su rumano arcaico.
Mira la punta de sus botas para caminar. Viste unos viejos jeans holgados y un suéter ligero. Se ve radiante. Por años no dejó crecer su cabello; ahora sí.
Vive en un departamento pequeño a veinte minutos en bici de la escuela. Mientras el clima lo permita, podrá llegar pedaleando o caminando. Es justo para su presupuesto, sin grandes lujos.
Llega al café. Saluda en inglés, pide un espresso y se sienta afuera. Dragonul se comporta con una decencia jamás vista en su país.
“Quizá Finlandia lo civilice.”
Mica da un trago al café y revisa su celular. Conserva dos números: el de Finlandia y el de toda la vida en México.
Abre el chat con un mensaje de número desconocido, fechado a finales de febrero:
“Te extraño, te quiero, te deseo. Todo eso junto y revuelto.”
El último, a mediados de marzo:
“No puedo decirte dónde estoy. Fuiste una historia importante en mi vida, ya eres parte de lo que llevo en el corazón. Te quiero, Micaela. Besos.”
Por meses, en el número de Jorge, solo obtuvo silencio. Se iba a buzón. Como si la tierra se lo hubiera tragado.
Le escribió un último mensaje en marzo:
*”Te quiero. No sirvo para hacer reproches ni para aferrarme a las personas. Te quiero libre. Te acepto como eres, pero no puedo esperar a alguien que ni siquiera es capaz de decirme qué le sucede. Eres extraordinario para dar, pero no has aprendido a recibir. No somos islas, aunque nos azote la tormenta. Nadie sobrevive solo. No permitiste que me acercara, y así no puedo saber quién eres.
Te llevo en el alma, y desde ahí me despido de ti. Mica.”*
Va borrando uno a uno los mensajes, las fotos. Conserva solo una: Jorge con Kiki. La archiva encriptada.
Termina su café, deja la propina y se pone de pie.
Lleva dentro de su alma retazos de diversas personas, necesita a otros para sobrevivir. Es a través de los ojos ajenos y las vidas entretejidas dentro de sí como se reconoce.
Ha entendido la paradoja de su existencia: un ser habitado por otros.
Ya no llora. Sonríe.
Mientras el viento la despeina, Dragonul trota a su lado.